Para hacernos preguntas, escribir y conversar.
¿Cómo llegamos a valorar el que como hombres tenemos que ser fuertes? ¿Nos permitimos estar tristes cuando estamos tristes? ¿O nos es más fácil enojarnos, exlatarnos y rabiar, que apenarnos o angustiarnos?
¿Tendrá esto que ver con manifestar odio y no amor?
¿Nos cuesta ser alegres, nos cuesta disfrutar? Como hombres ¿En nuestra vida nos cuesta disfrutar?
¿En nuestras vidas y en nuestras relaciones expresamos poco y nos tragamos mucho? ¿Aprendimos a no llorar? ¿Cómo lo aprendimos?
¿Aprendimos a anular nuestros sentimientos? Si es así, aprendimos a no encarar y no expresar nuestros sufrimientos psicológicos. Esto desde la masculinidad hegemónica es visto como ser fuerte, pero no es nada más que el temor y la debilidad de lo hegemónico que nos manda a a estar en control de nosotros mismos: ese control nos rigidiza, y bloquea o amuralla nuestras mejores energías.
¿Cómo apredimos a no mostrar la pena o el miedo, por creer que es lo mismo que debilidad?
¿Cuántas veces y cuánto esfuerzo hacemos en no mostrar nuestros lados “flacos”, por temor a ser herido o utilizado?
¿Vimos a nuestro padre ocultar y no expresar sus sentimientos y pensamientos? ¿Cómo es que se hacía el duro?
¿De qué forma nuestro padre u otros hombres nos transmitían o nos transmiten que debíamos callar, no llorar, ser “valientes” (no expresivos)?
¿Transmitimos nosostros una masculinidad emocionalmente restringida? ¿Nos incomoda que nuestros hijos varones expresen sus emociones? ¿De qué forma no los escuchamos? O ¿Cómo es que hacemos para que no lloren, para que no se enojen o no se expresen? ¿Qué hacemos, qué les decimos?
Este modelo masculino hegemónico y sus normativas nos han dañado. Este modelo nos dice que los hombres somos superiores, y nosotros llegamos a sostener esta mentira, a mantener esta ilusión, y hasta necesitar sentirnos superiores, porque no tenemos una verdadera seguridad. Ya que, esta forma de ser hombre, es algo a lo que debemos llegar, debemos ganar el lugar de “hombre”, pero además debemos seguir demostrando constantemente nuestra hombría.
No tenemos una verdadera seguridad, porque cuando niños y jóvenes no se nos acepto incondicionalmente en todas nuestras expresiones emocionales, en todas nuestras diferencias: ser hombre significó dejar de ser un bebé, aprender a no expresar nada de femenino, porque expresar cualidades femeninas se entendía como equivalente a ser mujer o a ser homosexual.
“Yo no le daba el gusto de verme llorar. Cuando algo fuerte ocurría entre nosostros, yo tomaba aire…, bajaba ese nudo,… , lo repartía por los brazos. Así disolvía la rabia…, con el pensamiento y la voluntad. Sin que me diera cuenta, transformaba esa rabia en resentimiento.”
En la paridad del círculo poder mirarnos en lo íntimo y desarrollarnos no sólo racionalmente. En nuestros organismos aprender a confiar, atender al despertar de nuestras emociones y sueños, para que estos sean colectivos. En círculos escucharnos, sin tiempo…, con ternura, navegando en historias que tejeremos, cantaremos, poco a poco honrando nuestra propia sensibilidad y dignidad, y la de todos los seres, la tierra y el Universo. En abrazos desarmar las muchas pirámides opresivas, excluyentes y competitivas de la Masculinidad Hegemónica: los abusos contra otros y otras seres humanos y humanas; el silencio corporativo de nosotros los varones frente a la violencia y los sexismos, y la falta de conciencia y participación colectiva en transformaciones de justicia; los abusos contra otros seres vivos y la naturaleza; y los abusos y violencias de cada uno para consigo mismo.